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Freddy Prestol Castillo, Su Vida.

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OBRAS SOBRESALIENTES:
Paisajes y meditaciones de una frontera (1943), El Masacre se pasa a pie (1973), Pablo Mamá (1986).

EL MASACRE SE PASA A PIE (FRAGMENTO):
Capítulo 26
A Dajabón venían ahora otros hombres. Eran los reclutados de los bajos fondos de las ciudades. También, campesinos sin tierras y sin trabajo agrícola, declarados «vagos» por sentencias. Estos hombres vendrían a asentarse en Dajabón y en las comarcas que le rodean. Los «vagos» vinieron traídos como reses en camiones del Ejército. Llegaron cuando se habían ido todas las reses y el viento de la montaña había escondido los restos de los ranchos y de los hombres, trocados en cal.
Luego que se fueron los camiones del Ejército, llegó a Dajabón «La China». Ella tiene el nombre que siempre abunda en cualquier café del bajo mundo, donde siempre hay una «China». Esta «China» preguntó a todo el que halló por su hombre: Cholo «El Colorao», a quien trajeron para estas tierras con el propósito de darle una porción totalmente sembrada de cafetos. En la loma el cafeto está abandonado. Se cae la fruta. No hay manos de Haití para recoger esa fruta y llevarla a Dajabón al trato desleal de don Lauterio. Las grandes labranzas están colmadas de frutos. No hay brazos. El Gobierno va a repartir toda esa riqueza a los dominicanos. Para eso ha escogido pobres del bajo mundo. I presidiarios.
¿Cómo vino «La China»? No lo sabemos. Pero nada es difícil para una puta, que emigra como las golondrinas. Camina a pie, sobre el camión, en carreta, o finalmente en automóvil, aunque no pague el transporte. Asimismo viaja el soldado de mi Patria. En los caminos se hace conducir a título de caridad o de temor. Cambia de carruaje, como «La China», y al fin llega a su lejana meta.
Su compañero, «Cholo El Colorao», emisario delictual de La Vega, recuerda que ha ido cinco veces a la cárcel. Después ha estado varias veces en la capital y no ha podido ingresar al Ejército. El, anhela ser «teniente»:
—Compadre ... a mí lo que me gusta es la Guardia! ... pa conseguí cuartos y un carro! ... y agora metío en ésto. No sea pendejo!
—Pero amiguito...ni guardia ni juego ... Yo, que tocaba con Mimilo, el que toca el «tres» y con el ciego de Guazumai en la orqueta de «Bermúdez»... Al General Piro Estrella le encantaba nuestra música ... y al mismo General Trujillo le tocamo en «Cuesta Colorá»... A mí lo que me gusta es la música... que esto de trabajá con pico y asá...bueno! ... eso e bueno pa lo preso. Usté ha visto que al ruiseñoi le dén un machete, compay Bolo? ... Nosotro tengamo nuestra orqueta! La Orqueta «Benefatoi»... y agora meteme en esto montes... ¡señores! ... el monte, pa los pájaro! ... A mí lo que me gusta es racá mi «güira», como cuando el viejo Ñico Lora rompe con uno de eso merengue que jacen bailá jata a lo mueito...
Entonces respiraba, añorando aquel merengue, tórrido como la tierra de Villa Lobos. Dulce, como sus mujeres.
—Pero... ¿qué hacei?...
Perucho, el de Guayubín, no era músico. Era «billetero».
—¿Quién le ha dicho a naiden que yo quiero meteme en yeiba ni conuco? ... Yo sor billetero. Me basta con mi venta en la semana, en la calle «Ei Soi»... Y recuerda:
—...Suma... suma veintiuno... La Vinge!... Suma veintiuno....
* *
*
Como «La China», otras prostitutas han arribado después a Dajabón y seguido hacia Loma de Cabrera. Allá sentarán reales junto a sus maridos.
Cada día se renovaban aquellas turbas sucias que salían de los camiones oficiales. Eran hombres terrosos. Algunos manifestaban la humedad de las mazmorras de la cárcel hacia donde los lanza el juez, que jamás ha estado dos horas escudriñando una cárcel criolla. Pero el juez sólo encarcela a los que son pobres.
En la última arribada de camiones venían presidiarios y «colonos». Los «colonos» estaban tristes, inconformes, y miraban la ruta por donde fueron traídos como ganado.
El Gobierno reparte las tierras cultivadas. Presos y «colonos». Los «vagos» de todas las ciudades tienen ahora imprevista calidad de «propietarios», de «colonos», en nuestra frontera.
* *
*
—Yo ... que estaba atendiendo una casa de juego del Mayor Caraballo y me tiraba cada día buenos «clavaos»... Y ahora meterme en esto! ... Por no tené la cédula ... Pendejá! ... ¿qué me han hecho a mí los negros? ... Esta no é mi cuerda!...
Luego, miraba a uno y otro lado, y agregaba:
—Y sin podé hablá... ¡que aquí mismo lo guindan!...
Este Medardo Patricio recordaba la tierra fuerte de «La Joya» —tierra peligrosa como un puñal— y a su barragana de barrio, Manuela «Golpe e Biela». Interiormente maldice al Gobierno, que le dá tierras que él no quiere, aún cultivadas por Haití.
—Esto ... pa lo pájaro! ... o pa lo negro! ... Pero yo sor como los pajarito ... me conformo con poco ... Que cojan su yeiba ... yo me quiero dí, ¡de viaje!...
* *
*
El Gobierno había poblado las tierras de hambrientos y delincuentes. Contrastes. Los recién llegados querían volver a la miseria de las ciudades. En cambio, aquí está la riqueza: Yerbas. Mangos. Aguacates. Se extienden por kilómetros. Platanales verdinegros. Está la yuca en los surcos, como mujer parida. Las turbas han devorado estas riquezas. Pero no han sembrado la tierra. Vienen con el hastío de las ciudades. Personajes de la mala vida, de la mala noche, pero que para ellos es la gran vida: El alcohol, los vicios. La prostituta, realenga, espectral, como los perros flacos.
Estas turbas de delincuentes están conformando otro aspecto del drama. Como ya no hay vacas o becerras que robar, los hombres ahora discuten las mejores parcelas.
El crimen va agotando víctimas cada noche, cada tarde, cuando los imprevistos «colonos», ya asentados en las fértiles tierras que no trabajan, discuten las mejores al filo de puñal. La patrulla militar venía. Hacía «justicia». La patrulla fusilaba en el acto al «colono» que cometió el crimen.
Esta justicia sumaria es típica de esta tierra. Así fue la escena de la última tarde. Bartolín, el de Juan Gómez, defendía la parcela que antes, había sembrado el haitiano Sambá. No se conformaba con la del negro Dadá, que le había entregado el Cabo Bijo. En la parcela de Dadá ya no hay más que «rabo de zorra», matojo. Tierra sarnosa, decía Bartolín. El quería la otra. En esta lucha mató al otro músico, que a la sazón era el dueño de la tierra buena, con verdes platanares que no había sembrado ninguno de los contendientes.
Después ajusticiaron a Bartolín. Las dos parcelas quedaron vacías. Cholo «El Colorao» miraba y decía:
—Carajo! ... aquí la yuca sale cara! ... (Después venía «La China» con un platico con dos yucas salcochadas. Estaba semidesnuda. En la frontera no hay «pargos» —clientes—. La soledad la obliga a pasar hambres y a ser fiel a Cholo El Colorao).
—Ya hay poca yuca... Cholo! ... Usté tendrá que sembrai!
Pero Cholo no piensa en trabajar la tierra, y calla. El piensa como los demás: ¡huir! Volver a la ciudad, a la taberna, al alcohol, a la noche!
Pobre puta que sigue a su hombre. Como ésta, otras. ¿Estarán arrepentidas?... ¿Acaso el hambre las habrá transformado?
Venían tras sus hombres, en una mezcla de lealtad al varón y espíritu vagabundo de conocer aquellas tierras. Puta salvaje, sucia como el arroyo, como su hombre, hijo de ese arroyo. Con la puta vino una boca más. También ella puso morfina en el espíritu apático de aquellos hombres. «La China», todas las chinas que hay ahora en estas parcelas, pasan hambres, bajo el toldo viejo que dejó el haitiano.
La parcela, por otra parte, se achicaba. Cada día había menos yuca. Haití, volvía de noche. Parecían cerdos los que pasaron anoche sobre la querencia del colorao Cholo y «La China». Como buena ama, «La China» protesta contra los ladrones: ¡Acabaron con la yuca, con el platanal y hasta se llevaron el pequeño marranito!
* *
*
Haití venía de noche. Tenía el ladrón pies de seda. A veces de noche despertaba algún colono. Al día siguiente, en el camino se veía una cabeza. ¿De quién?... Nadie preguntaba. Era, la noche. Era, Haití.
* *
*
Ahora la lucha tiene un objetivo: la parcela. Parcela fronteriza. En ella están Medardo Patricio, el vago, y Cholo «El Colorao»... También la China, Lola Güano, y «Pancha Tres en Uno»... Nadie trabaja. Todos comen. «La China» siempre duerme, porque en las ciudades las putas del bajo fondo no duermen y apenas comen. Esta «China» casi no sabe cocinar, acostumbrada a comer en ventorros nocturnos. «La China» ahora es de Medardo. Abandonó al «Colorao».
Medardo callaba. Esa noche decidió «cuidar» el resto de la yuca. En medio de la noche, detrás del maizal seco, se enfrascó en lucha con el negro Natalí, que vociferaba que esa era su labranza y que tenía hambre. La media noche se lleva las palabras de los hombres que luchan al machete. Al amanecer apareció Medardo sin vida. Toda la yuca se la llevó Natalí. «La China» no sabe llorar. En la frontera se sepulta al hombre en el mismo haz de tierra donde pierde la vida. No hubo que traer a Medardo al rancho.
«La China» ahora se va, como el pájaro salvaje. Deja el rancho. Camina en la noche, porque está casi desnuda y de día el sol la azota demasiado. Fue a parar lejos, lejos. Ahora está instalada en el rancho de un presidiario, el «Compay Santos». «La China» sabe escoger:
—Vine pa acá porque aquí tan bueno los trozo! ... y al hombre le gusta trabajai! ... y Medardo, el segundo marido, me dejó «encuera»... como un Crito.
* *
*
Si hubieran cruces, esta tierra parecería un bosque. ¿Una cruz para Medardo? ... ¿Para qué? ... Nadie la miraría. Una cruz sería como una mata de mango más, en medio del inmenso bosque...
En medio de esta riqueza, las turbas que habían venido a Dajabón en los camiones, estaban semidesnudas, hambreadas. Haití había venido de noche y había cosechado bajo la luna.
Frontera: Puñales, sequía, reses, hambre ... En medio de la riqueza del bosque y de la tierra... Y en tanto un permanente florecer de cruces; que no había cruces, sino brasas, rojas, en la noche. Las brasas entregan la ceniza —ceniza de hombres— a la brisa clara, zacatecas de la frontera.
* *
*
Esa tarde, al regresar de la «Loma de la Garrapata», me senté bajo el mango donde descuartizaron a Samuel, el negro que había sembrado aquella estancia que hoy es el asiento de Cholo «El Colorao». Pensaba en el destino de Haití. Pensaba en el destino de la República Dominicana. En el interín, don David, el repartidor de tierras del Gobierno, me hacía sus nauseabundos relatos de degüellos. Don David nunca terminaba. Sus relatos eran largos, como aquella inmensa extensión de mangos y aguacatales.
* *
*
El bosque volvía sobre la tierra que antes había labrado Haití. Agotados los sembríos, aquella chusma de la frontera sólo hacía «casabe», del resto de los yucales. Esta chusma «casabera» estaba olvidada ya de los Gobiernos. Chemo Natividad era uno de tantos casaberos.
He aquí el diálogo entre Chemo Natividad y un «catizo» de Juan Nazario, que ha retornado de Haití.
—Esta yuca son de nosotre! ... Yo la sembrá! ... Cuando mi «pái» taba aquí!...
—Antonce!... ¿tú eres de ellos?... Agora te entierro con tó y yuca!
Una voz enérgica, como de fiera.
Un choque. Otro. Cortan los dos machetes.
—Hartiano de mierda! ... hartiano del diablo! ... esta tierra e mía!...
—Dominiquen maldite! ... esta tierra mía!...
—Yo dominiquen también!...
Cuando termina la lucha sólo aparece Chemo Natividad. Viene del río. Chemo Natividad tiene emplasto seco de res sobre las anchas heridas que manan, manan, manan, sin parar.
Esa misma noche los que estaban del otro lado del río hallaron un saco donde creían estaba la yuca que buscaba el castizo en su antiguo fundo. Al abrir el saco hallaron una cabeza. Los demás hijos de Juan Nazario miran el saco como perros escuálidos. No hablan. Al lado de ellos corre el Masacre. ¿Estará horrorizado?
* *
*
Este es el mercado donde más caro se vende la yuca en mi país. He aquí un calendario trágico. El maestro rural me hizo el relato:
Lunes: Samba Pié. Martes: Michel Jean... Miércoles: Fenelón Dois. Jueves: Samuel, el ordeñador. Viernes: Perico, el carpintero. Sábado: Timué Dis. Domingo: Antuán Salé y Sampré, el zapatero.
Así las semanas. Así los meses. Zafra de puñal. Tan intensa como la de la caña de los ingenios de azúcar. Cuando cayeron, llevaban mangos y yucas. Allá, detrás de aquellas lomas, los esperaban. Con hambre. Inútilmente. Miseria con una sola moneda: la luna redonda, que flota sobre el agua del Masacre, pobre riacho... que se pasa a pies...
* *
*
El Cabo Rivas dice al parcelero:
—¿Qué llevaba este maldito?
—Ea, señoi... pobre negro!... Llevaba sus manguitos pa Hartí...
El Cabo Rivas contó: Llevaba 50 mangos.
Luego dijo:
—Llévenle esos mango a los puerco del Teniente Bolo, que están atrá del cuartei...
Hay en la tarde un gris plomizo que me hace pensar en aquellas «lluvias» de Suro, nuestro gran pintor. Me parece que estas estrellas grandotas, lloran estos dramas. Los cerdos del teniente Bolo están devorando los mangos. Felices. En cambio, estos mangos, que nadie mira, en esta riqueza de fruta de la frontera, cuestan un corazón de Haití. He dicho bien, antes: Haití está trocando corazones por mangos. I ya estamos en el estío.
* *
*
Oí voces en la noche. Al cabo de los meses, otra vez en Dajabón se concentraban los camiones. El Gobierno ordenaba retornar a las ciudades a aquella chusma de maleantes y de putas que habían pasado un año en la frontera. Regresaban destruídos, casi desnudos. Pero estaban felices: Volverían al alcohol, a la noche! Después, en las parcelas, habría una soledad tremenda. Volverían los dos eternos de esta latitud: El bosque. I también Haití.
Capítulo 27
Héme aquí todavía en estas tierras. Soy un testigo mudo. Un testigo cómplice. Estoy acusado por mi conciencia. ¿Cuál es mi deber? ... Acusar! Debo irme! ¿Y por qué continúo en esta aldea, recluído en una choza, aislado, sumergido en la soledad de sus noches, frente a la inmensa sabana? Intento a veces leer, bajo luz mortecina de kerosene, el Boletín Judicial, órgano de la Suprema Corte de mi país, para no permanecer ajeno a la evolución de nuestra jurisprudencia. No tengo con quien dialogar. Desde temprano las casas de la aldea están cerradas y yo me he retirado del hotelucho de doña Francina, a quien detesto por inquisidora y dúplice, de quien se barrunta que es un espía del Gobierno para hacer delaciones de los funcionarios que puedan criticar estos acontecimientos. Mi compañero, el juez, un excelente caballero, ha optado por envenenarse cada día con alcohol. Tan pronto terminan las audiencias de los pocos casos que acontecen aquí —algunos robos, heridas, sustracciones de muchachas— el juez va a juntarse con un oficial del Ejército, perteneciente a una aristocrática familia de Puerto Plata, hombre fino, que repugna todo esto, y quien también ha resuelto soportar este ambiente bajo una permanente borrachera. Estoy solo.
Unicamente me confortan las cartas de Ángela, la maestra, mi novia. También me llenan de estupor esas cartas. En la capital de mi país ha caminado de aquí a allí, a todas partes, y no halla trabajo. Aunque es buena oficinista, todas las puertas ministeriales las ha hallado cerradas. Su historia es la historia de muchas muchachas bonitas.
La habían perseguido hábiles celestinos. El principal, entre éstos, había sido un Ministro. Había investigado el barrio donde vive Ángela y el lujoso automóvil del poderoso había estado varias veces en su puerta. Primeramente había enviado al chofer, con una misiva sugerente: quería verla para un trabajo. Ángela había ido. El Ministro, oloroso a colonia, elegante, parecía ataviado por un sastre londinense. En las dos manos tenía unos anillos brillantes sobre los que fulguraban los rayos de carísimas piedras. Simuló interesarse por su necesidad de trabajo. La invitó a volver en dos días. Ángela fue a la entrevista, en el Ministerio. Cuando llegó, el ujier tenía recado: el señor Ministro la esperaba en su casa quinta y había un automóvil dispuesto para conducirla.
Ángela se sorprendió, pero rápidamente resolvió rehusar. Puso un pretexto. Dijo al ujier que prefería verlo al día siguiente. No volvió. Pero el Ministro, parece, estaba «comprometido» a presentar esta presa interesante. Volvió a ver a Ángela.
Hábilmente intentó auxiliarla con dinero, pero ella rehusó. Desde entonces la muchacha estaba asediada: en la casa, en la calle. El Ministro, incluso, movió agentes femeninos para invitarla a fiestas; agenció todos los ardides. Al fracasar, había dictado algo como una sentencia: no hallaría trabajo en ninguna oficina. Esta orden se cumple cabalmente y es una orden que alcanza incluso a las industrias privadas. No había trabajo en ninguna parte.
He tenido que auxiliarla, rozando su dignidad, enviándole algún dinero al través de mi amigo, el Doctor Vélez, un médico que no hace mucho salió del presidio, por sus ideas libres, enfrentando al régimen.
En cada carta hay más angustia. ¡Debo salir! Salir de este suplicio. Con altanería valiente, Ángela me dice: «Debemos salir a toda costa, incluso para que tomes un barco y te vayas al extranjero, aunque te pierda yo».
Cuando releo estas líneas me siento acusado. Veo que Ángela Vargas, la ex maestrilla de «El Almácigo», tiene una fuerza de decisión que a mí me falta. Estos pensamientos me obseden y paso largas noches de insomnio. Entonces recuerdo al juez aquel que se fugó. No podía resistir más su degradado encargo de juez de opereta trágica. Se fue. Entonces lo persiguieron. A mi casa vino a interrogarme el Mayor Ozuna —un negro que usa una larga pipa y gasta un lujoso automóvil, a quien yo había conocido como jardinero en la casa de un Ministro amigo de mi padre.
El Mayor inquiría con aires de procónsul. Yo debía saber de las ideas del juez, dónde vivía, qué comentaba, qué propósitos tenía. Me advertía que ya había sido denunciado a todo el servicio de la policía secreta y que algunos lo sindicaban como comunista. Era un ingrato. El General, tan generoso, lo había honrado en una misión tan cuidadosa y secreta, y pagaba con traición. El Mayor me advertía el precio de la traición en el régimen. La mano del General, tan fina y aristocrática, como la sintiera el reservista Loreto de la Cruz, era una maza de acero para los desleales. El Mayor Ozuna imprecaba a grandes voces y de sus palabras trascendía el odio que me tenía: Yo nunca había asistido a sus comilonas. Tampoco a las del Capitán. Siempre rehusé ir a la casa de doña Sebastiana, donde se celebran fiestas y comilonas y ella aposentaba al General. El único ausente era yo, el renegado. Todos me acusaban. «Ese fiscal hay que observarlo... parece desafecto»... Doña Sebastiana parecía sentenciar, como antes había sentenciado a la maestrilla, mi novia. Una vez recibí una sugerencia del Mayor. Llegó a mi choza simulando amistad. Traía una botella de whisky. Por cortesía acepté, a disgusto. Yo presentía, y simulaba beber. ¿Qué trae ese hombre?... pensaba.
Cuando estuvo casi ebrio me abrazó.
—Magistrado... quiero que me complazca... Vaya a la casa de doña Sebastiana... y también invite a la maestra del Almácigo... le conviene a los dos. El General viene a la fiesta de San Fernando...
Capté la trama que me tendía. Rápidamente apresté la respuesta: —«Con mucho gusto, Mayor Ozuna... iremos...»
Este mismo hombre, al cual todos en la aldea rendían tributo, menos yo, había ingeniado la especie para destruirnos. En sus informes, pues cada militar debía informar quincenalmente sobre todo lo que acontecía en sus jurisdicciones, él halló la más aplastante fórmula: Había dicho que la maestrilla, cifra de la honradez más acrisolada —era concubina del fiscal... Esta especie volvió de expediente en expediente hasta el Inspector de Educación en Monte Cristy y éste, para complacer al Mayor y dar rienda a sus resentimientos de pretendiente frustrado de la maestrilla, provocó su destitución.
También cobraba méritos con doña Sebastiana, que había dispuesto destituir la maestrilla que no aceptaba sus invitaciones.
Yo conocía todo esto y sabía que estaba vigilado y acusado. Permanecí indiferente a la palabra tosca del Mayor. Yo, no sabía nada acerca del juez que se había fugado.
Esto lo recuerdo en las noches de insomnio. Recuerdo también el paso de Ángela Vargas a verme, en Dajabón, cuando regresaba, destituída del empleo, hacia la capital. Fue a verme a la oficina. Hablamos poco. Pero sellamos en un beso un amor profundo, estremecido por la tragedia. Quedó en remitirme la dirección. Le aconsejé prudencia y que desconfiara de todos. Entonces ratificamos nuestro voto de amor, con la entrega, que le hice, de los manuscritos de mis notas de la matanza. Ella debía conservarlas, a todo trance. En último caso, entregarlas a mi madre, cerrados los folios. Llevar esas notas equivalía a portar una bomba de tiempo, susceptible de estallar en cualquier instante. Esas notas, en manos de la policía secreta, podrían llevarnos a la muerte. Yo, además, sería vilipendiado como desleal al régimen. Ella, desaparecería cualquier día para no volver jamás.
Después de eso he recibido numerosas cartas de Ángela. Ella es una guerrillera. No concibe sino la lucha, aún para perecer. Sus cartas, más que cartas de amor son programas de lucha. Me inyecta esperanzas para resistir. Y más que nada, me urge a salir de estos escenarios. Yo la veo bajo todos los peligros, en la ciudad capital. Vive de la venta de bordados que hacen ella y la madre. Pasa las noches leyendo después que deja el bordado. En sus últimas cartas inquiere sobre mi salud. Recientemente he sufrido grandes fiebres. La fiebre es común en la aldea, por los mosquitos que nacen en las aguas del Masacre, en los meandros donde no hay corriente. La aldea está latigada por el sol, por los mosquitos; y en las primaveras, por los «jejenes» —diminutos insectos voladores que andan en enjambres y hostigan la boca, la nariz, los ojos.
* *
*
El insomnio es el presagio de mi enfermedad. Siento venir las fiebres delirantes, mientras estoy solo en mi choza, únicamente asistido por Bitín, la sirvienta vieja del juzgado. La fiebre viene. Siento como que voy hacia al fondo de un mar profundo. ¿Hacia dónde?... Así debe ser la muerte.
Un viaje a la profundidad, hasta perder el sentido, hasta ser una cosa más, como un ancla desprendida del barco en medio del océano.
Sigo bajando, hacia las profundidades. ¿Dónde estoy?...
Al cabo he despertado, semilúcido. Pongo la mano en el catre en que duermo. Veo el mosquitero. Veo la cara bondadosa de la aldeana que me sirve una tisana.
—Magistrado: Usted hablaba de muchas cosas!... como de guerra con haitianos!...
Reconozco entonces que ha sido un sueño delirante en el que he visto el pasado como en una cinta cinematográfica.

Freddy Prestol Castillo
por Manuel Morales.
mmorals1@hotmail.com